Yo sé lo que quiero del arte:
Que me quite la venda de los ojos,
que me asesine,
que me resucite,
que me haga daño de una manera fecunda.
Steven Millhauser.
domingo, 28 de junio de 2009
viernes, 26 de junio de 2009
'Me sentí mamá'

'Me sentí mamá'
Todos los ciudadanos tenemos derecho a expresar nuestra verdad. Ésta es la de Guadalupe Arias Rentería, la mujer de 21 años que se robó a una bebé, Catherine, del Hospital de IMSS de Costa Rica.
Cuando salí del hospital con la bebé sabía que no era mía; al llegar a casa me sentía su madre.
En verdad lo creía. La bañaba, le cantaba canciones de cuna, la alimentaba. Soy de esas personas que se creen sus propias mentiras. Siempre he tenido ese problema.
He llegado a pensar que Dios no quiere que tenga un hijo. En noviembre, cuando me embaracé, estaba confundida, no sabía en realidad si deseaba ser madre, no me interesaba. Sólo me importaba el padre del niño que tenía en mi vientre. Mi único amor durante seis años. A quien me entregué por primera vez.
Él ya no podía ser mío. Una de mis amigas, la que me ayudaba a verme con él, la que me hacía el favor, terminó siendo su nuevo amor. Me dolió mucho. Lloré por él.
Al ver que las pruebas de embarazo marcaban positivo, salí corriendo a contarle pero no le interesó. Hay quienes dicen que lo hice para retenerlo y no es así. Tal vez lo único que quería era tener algo de él conmigo. Junto a mí por siempre.
Desde que mi padre se enteró del embarazo dejó de hablarme. Aún no me dirige la palabra. Dice que lo deshonré, que lo decepcioné. ¡Cómo es posible que haya salido embarazada mientras vivía en casa!, me decía.
En febrero, exactamente a los cuatro meses y tres semanas de la concepción, empezó el sangrado. Aviso de aborto. El principio del fin.
Era como si tuviese mi ciclo menstrual. Me llevaron al hospital y me internaron. El doctor dijo que haría un legrado. Se fue mi última oportunidad de ser madre. Me detectaron quistes en un ovario, el otro se dañó con la intervención. Ya no podría embarazarme de nuevo. Si lo intentaba mi vida estaría en peligro.
Guadalupe narra sus días tras una reja del Juzgado Primero Penal. Es su declaración preparatoria. En un cuarto de 6 por 5 metros. Refrigerado. Frente a su defensora de oficio y el Ministerio Público acusador. Con cerca de una decena de reporteros fotografiando su rostro, grabando sus lágrimas, escribiendo sus gestos. Más tarde lo haría de nuevo desde el interior del penal, únicamente ella y este reportero.
Los vecinos continuaban preguntando cómo seguía el bebé. Isaías se llamaría. Les decía que bien. Contaba los meses y días de gestación. Al principio la mentira era consciente, después me creí embarazada. Tanto lo creí, que el estómago me siguió creciendo. Pero en mi interior no habitaba el varón que aborté, únicamente giraba aire. Y me fui desinflando como los globos con el paso del tiempo. Poco a poco. Nunca hubo pataditas.
Semanas después contacté con una muchacha guatemalteca sin papeles migratorios. Ella estaba embarazada. Me dijo que quería regalar a su bebé y pensé en ayudarla. Ya había regalado uno antes. Mientras lo hacía me pregunté: ¿quién puede cuidar mejor a ese niño que yo? Decidí adoptarlo. Hicimos un documento, una especie de carta poder, en el que ella me cedía al niño por dos años y, si al cabo del lapso decidía regresar por él, yo se lo daría. Sé que no tenía validez.
¡Ya dio a luz!, me dijeron por teléfono. Mis labios corrieron hacia el este y oeste. Salí corriendo a comprar pañales, leche, biberón, a la tienda. El gusto no duró mucho, en realidad duró muy poco. Unas horas después me enteré que ella también abortó.
No sé si fue lo mejor que le pudo haber pasado; para mí fue lo peor. Ni siquiera deseché la ropita que había comprado, quería recordar el momento más doloroso de mi vida.
Me sentía mal. No dormía. Me dediqué a vagar por las calles de Culiacán. La ciudad donde ella abortó. Me quedaba en el malecón, en mi vocho azul, a un lado de los raspados de ciruela, los diablitos y los cacahuates enchilados.
Otra vez la oportunidad de ser madre se me había ido. Estaba convencida. Dios no quería que fuera madre. ¿Por qué? No sé. Dos días vagué y no me tomé el medicamento controlado que requiero para calmar mis nervios 48 horas antes del robo de la bebé.
Lo tengo que tomar a diario. De 10 a 15 gotas de Clonazepam por noche. Cuando no lo hago me muerdo las uñas, digo cosas que no son, siento que toda la gente me ataca, tengo insomnio, estrés, depresión, ansiedad. Me duele la cabeza, la lengua se me entumece, me duele el oído.
El miércoles 3 de junio regresé a casa en el Campo Romero, sindicatura de San Pedro, Navolato. Me dolía mucho el estómago y fui al hospital en Costa Rica. Siempre me han dado cólicos fuertes. No los aguanto.
Ahí me topé con la tía de Catherine al salir del baño. Me dijo que la niña estaba llorando. Me dio por visitar el cuarto en que había estado internada cuando aborté, el 208. Catherine estaba en el 201. Entré en un par de ocasiones. Nunca, que yo recuerde, le di pastillas para dormir a la tía o a la mamá. Menos a la bebé. Ellas dormían cuando entré a calmar a la niña. Lloraba. Sólo quería comida.
Cuando la tomé entre mis brazos y la arrullé algo dentro de mí cambió. Sentí el impulso de llevármela. Todo fue tan fácil. La coloqué dentro de una bolsa que traía y salí con ella. Nunca me vestí de enfermera como dicen. Sólo me puse una bata.
La bebé permaneció en silencio y el guardia no se percató que salía con ella. Le inventé que iba al minisuper. Todo fue tan fácil. No quería hacerle daño a los padres, lo único que deseaba era un bebé. Nunca lo planeé. Lo sentí en ese momento y lo hice.
Cuando la tuve en mi casa, desde la madrugada del jueves, la sentí mía. Le tomé muchas fotos. No dormía por cuidarla. El medicamento no lo tomé para que no me diera sueño. El lunes me llamaron del trabajo para que explicara el porqué de mi ausencia. Me peleé con mi jefe. Fue un mal momento. Pero la tristeza desapareció cuando llegué a casa y al tomar en mis brazos a la niña detuvo su llanto. Entonces me encariñé mucho con ella.
A mi mamá nunca le cuadró verme llegar con la niña. Al principio quisieron creerme pero la mentira se cayó. Ella se dio cuenta que la bebé no era la misma que me iban a regalar, como pretendí hacerle ver. Habló conmigo y, junto con mi hermana menor, me hicieron ver que echaría a perder mi vida. Me dijeron que me diera cuenta que había una madre sufriendo porque le arrebaté a su hija.
Fue hasta ese momento que entendí que la niña no era mía. Fue entonces cuando supe el daño que estaba causando. Si eso me hubieran hecho a mí, hubiese sufrido lo mismo o más de lo que padeció la verdadera mamá, Nancy Karina Chávez.
Mi madre me convenció de entregarla. Ya lo habíamos decidido.
La mañana del lunes tocaron a la puerta de mi cuarto. Al abrir me encontré con policías ministeriales. Me puse nerviosa y me dijeron que me cambiara, que no me alterara, que me subirían a la patrulla.
Sé que una de mis vecinas fue quien me delató. No le guardó rencor. Tal vez fue lo mejor.
Yo quería entregarla para que los padres ya no sufrieran pero, no sé, no sé si en el momento hubiese estado dispuesta a desprenderme de ella. También quise ver a los padres para pedirles perdón de frente. No se pudo. Creo que eso también fue bueno. Lo mejor es que me aleje de esa familia lo más que pueda.
La penitenciaría me va a servir. No sé cuántos años estaré pero me servirá. Me ayudará a reflexionar y a entender por qué hice esto, por qué me robé a la niña. Cuando llegué me dijeron que una "cholillas" me iban a golpear, igual me lo merezco, pero no me ha pasado nada. Hasta ahora todo ha ido bien.
Nota: El texto fue redactado por el reportero, con base en una entrevista realizada al interior del penal y en la lectura de la declaración preparatoria llevada cabo en el Juzgado Primero Penal.
sábado, 13 de junio de 2009
Que idea tan cruel. Colocar un oasis en el desierto. La foto fue tomada el sábado 13 en un camión urbano Bachigualato en Culiacán. Ese día se registró una temperatura cercana a los 46 grados centígrados a la intemperie. Un día antes fue de 46.5 endiablados grados. Me dirigía al Instituto Estatal de Ciencias Penales a presenciar un concurso de tiro certero entre policías municipales.
miércoles, 20 de mayo de 2009
El amor de pareja y su par de senos
“Como todas las grandes creaciones
del hombre, el amor es doble:
es la suprema ventura
y la desdicha suprema“.
Octavio Paz. La llama doble.
Es la miel bebida de panal. El agua que ahoga. La asfixia provocada. Segundos de eternidad. Es el amor. Roma, leído al revés.
Y es que si es como dicen los que dicen, que todos los caminos llegan a Roma, también todos los caminos deben llegar al amor. Y llegan. Más tarde al desamor. Y llegan. Van unidos como siameses. En paralelo. Tienen dos cabezas pero un solo torso: un solo origen.
Ese principio está en la piel: en los ojos, en los genitales, en el olfato, en la lengua, en el oído. Está en el tacto, en la mente, en los labios, en el cuello. Tal vez no esté en el corazón. ¿Y es que quién puede decir que sentimos con el corazón?, ¿a quién se le ha erizado ese músculo bombeador con una caricia como se pica la piel tocada?, ¿a quién le han salido lágrimas de éste como sí emergen de las pupilas irritadas y rojas y cansadas y ardidas?, ¿cuándo el corazón se ha arrastrado por el suelo para pedir perdón como lo hacen las piernas flácidas; para negar el abandono como lo suplica la voz; para pedir el último beso como lo hacen los labios echados hacia adelante; para exigir un final entre brazos como lo hacen las manos nerviosas?
En este ensayo me ocuparé del amor de pareja y dejaré de lado el maternal, a uno mismo, a Dios, al arte y demás variaciones. Hablaré de ese que Erich Fromm recomienda desarrollar a las parejas en su libro El arte de amar, del amor erótico combinado con el fraternal. La mezcla perfecta, nos cuenta. Porque para él, el amor a la otra persona se basa en el amor a la humanidad y a todo lo que vive a través del otro y al deseo de la pareja con la individualidad erótica y sexual de la que es imposible escapar.
Es el amor que recomienda para las uniones eternas, para las de ensueño, para las perfectas, para las que todos deseamos pero pocos consiguen -si es que hay algunos que lo consiguen-. Aunque, si hay gente que va a la luna, que vive 110 años, que sobrevive a 50 años de cárcel, que compite en triatlones, que, como el californiano Joey Chestnut, ganan premios Guinness comiendo 66 hot-dogs en 12 minutos con sólo 23 años de edad: ¿por qué no habría amores perfectos sin límite de tiempo? Al fin y al cabo en la lucha amorosa nadie debe perder; ambos están obligados a ganar. Y siempre pasa eso, ¿o no?
Sí, que los dos ganen, así nadie pierde y todos felices. Y si es tan fácil, ¿por qué hay tantas parejas separadas? Fromm dice que la única manera de escabullírsele al fracaso es entender al amor a través del par y de tener humildad y coraje y fe y disciplina.
Pero no estoy seguro que esta receta acabe con el virus de la tentación de la carne ajena. Con ese bicho que nos lleva a la monotonía, a referir el pasado doloroso, no digo a recordarlo, sino a algo peor: mantenerlo presente. Tan inolvidable como ir al baño, lavarse los dientes y dormir. Para ignorar a la manzana obliga más. Se requiere que brille la necesidad, la pasión, el deseo, la sorpresa, la química. Que al unirse los cuerpos y almas se rompa el átomo, se quebrante el aire, se detenga el tiempo.
Suena a utopía, a un sueño de enamorado, a una historieta de fantasía. Y lo es. Pero si no pasa, si se es incrédulo en estas metáforas, si no vemos caballeros-princesas-dragones, las brujas del enfado, esas de gorro, escoba, nariz aguileña y verruga, saldrán de sus trincheras hambrientas de esparcir hechizos al primer dudoso que bañe la luz de luna. Y al segundo y al tercero y al cuarto y al quinto.
Con estos requisitos para el enamoramiento, para la fusión idónea, parecería que el amor es un invento creado por el hombre sólo para los tocados por el dedo de Midas y hasta por el de Dios.
Para los fieles no debe ser tan difícil de creerlo, porque como explica Octavio Paz en El Laberinto de la Soledad: El amor es una experiencia casi inaccesible. Todo se opone a que se dé: moral, clases, leyes, razas y hasta los mismos enamorados. Qué ironía, a quién se le ocurre crear una moral que limite el deseo más grande del ser humano.
Esto, platica, es en parte por el machismo, que ata a la mujer a comportamientos contranaturales pero moralmente correctos: sólo si ellas se dejan llevar por su corazón pueden encontrar el amor verdadero, aunque esto les cueste una sarta de flechazos envenenados en el pecho y espalda con el desprecio social por atreverse a intentar enamorarse sin prejuicios y lo que es peor, ignorando los juicios sin perder el juicio.
Estos sistemas de convivencia fueron hechos por el hombre masculino, con todo y esto al varón también le toca perder en el amor, nos dice Paz. El hombre, en su mayoría, elige a su esposa por conveniencia y se ciega a la pareja de menor nivel económico, social, educativo. No convienen.
A todo esto y más es a lo que se tiene que enfrentar aquella mujer u hombre que se enamore. Que se anime a participar en esa carrera de doscientos metros con vallas llamada amar. Los problemas son inacabables: parecen ojo de agua en selva virgen; minas del rey Salomón; poso petrolero árabe. Se observan inagotables. Sordos a la palabra finito.
Lo más fácil sería renunciar al amor, olvidarse de éste, dejarlo para los que no tienen nada que hacer, para los flojos, los hippies, los vagos. Imposible.
Decir no al amor es traicionarse a uno mismo. Denunciarse por robo. Un suicidio a los 8 años. Condenarse a tener el sabor que deja un limón viejo en el paladar, con esa misma amargura y acidez. Es negarse a sentir que el pecho estalla. Que una mirada es más sangrienta que la espada de Kill-Bill y más suave que un algodón de azúcar en poco menos de cinco segundos. Que un abrazo puede calentar más que un bosque en llamas. Que te puedes distanciar sin irte y permanecer juntos a distancia.
Es negarse a mantener por días la sonrisa más estúpida en el rostro. Es el rechazo a creer que el mundo entero es una persona. A sentir celos hasta del brillo de sus ojos. A poder entregarte en la totalidad. A negarse a ser más feliz con el orgasmo ajeno que con el propio. A cerrar los ojos y dejarte caer en el acantilado sin miedo, con la seguridad de que ahí estará para salvarte.
También hay temor a que la pareja no te salve y, tras el impacto, quebrarte en un millón de pedazos.
Pero el amor no nos da alternativa. No nos da a elegir. No llenamos formularios de pareja ideal ni pedimos por catálogo ni regulamos la intensidad con la que lo queremos vivir ni sufrir. Porque el amor, como madre que alimenta a su par de crías, tiene dos sabores: el amargo y el dulce, el seno izquierdo y el derecho. Y lo sabemos y lo queremos y lo deseamos y lo anhelamos y lo imploramos cuando no lo tenemos. No importa si nos deleite o nos escalde.
Por eso el amor fecunda toda nuestra existencia, por eso no nos cansamos de hablar de él, por eso es nuestro eje de vida. Porque nos hace tocar las estrellas, el infierno. Que el tiempo avance lento o fugaz.
Es el que necesita pasión, loca pasión, compasión, loca compasión.
No queremos dejar esos pechos; esos pezones que nos tocan el labio con la suavidad de un pétalo de rosa, con la espina del tallo bañado en rocío.
del hombre, el amor es doble:
es la suprema ventura
y la desdicha suprema“.
Octavio Paz. La llama doble.
Es la miel bebida de panal. El agua que ahoga. La asfixia provocada. Segundos de eternidad. Es el amor. Roma, leído al revés.
Y es que si es como dicen los que dicen, que todos los caminos llegan a Roma, también todos los caminos deben llegar al amor. Y llegan. Más tarde al desamor. Y llegan. Van unidos como siameses. En paralelo. Tienen dos cabezas pero un solo torso: un solo origen.
Ese principio está en la piel: en los ojos, en los genitales, en el olfato, en la lengua, en el oído. Está en el tacto, en la mente, en los labios, en el cuello. Tal vez no esté en el corazón. ¿Y es que quién puede decir que sentimos con el corazón?, ¿a quién se le ha erizado ese músculo bombeador con una caricia como se pica la piel tocada?, ¿a quién le han salido lágrimas de éste como sí emergen de las pupilas irritadas y rojas y cansadas y ardidas?, ¿cuándo el corazón se ha arrastrado por el suelo para pedir perdón como lo hacen las piernas flácidas; para negar el abandono como lo suplica la voz; para pedir el último beso como lo hacen los labios echados hacia adelante; para exigir un final entre brazos como lo hacen las manos nerviosas?
En este ensayo me ocuparé del amor de pareja y dejaré de lado el maternal, a uno mismo, a Dios, al arte y demás variaciones. Hablaré de ese que Erich Fromm recomienda desarrollar a las parejas en su libro El arte de amar, del amor erótico combinado con el fraternal. La mezcla perfecta, nos cuenta. Porque para él, el amor a la otra persona se basa en el amor a la humanidad y a todo lo que vive a través del otro y al deseo de la pareja con la individualidad erótica y sexual de la que es imposible escapar.
Es el amor que recomienda para las uniones eternas, para las de ensueño, para las perfectas, para las que todos deseamos pero pocos consiguen -si es que hay algunos que lo consiguen-. Aunque, si hay gente que va a la luna, que vive 110 años, que sobrevive a 50 años de cárcel, que compite en triatlones, que, como el californiano Joey Chestnut, ganan premios Guinness comiendo 66 hot-dogs en 12 minutos con sólo 23 años de edad: ¿por qué no habría amores perfectos sin límite de tiempo? Al fin y al cabo en la lucha amorosa nadie debe perder; ambos están obligados a ganar. Y siempre pasa eso, ¿o no?
Sí, que los dos ganen, así nadie pierde y todos felices. Y si es tan fácil, ¿por qué hay tantas parejas separadas? Fromm dice que la única manera de escabullírsele al fracaso es entender al amor a través del par y de tener humildad y coraje y fe y disciplina.
Pero no estoy seguro que esta receta acabe con el virus de la tentación de la carne ajena. Con ese bicho que nos lleva a la monotonía, a referir el pasado doloroso, no digo a recordarlo, sino a algo peor: mantenerlo presente. Tan inolvidable como ir al baño, lavarse los dientes y dormir. Para ignorar a la manzana obliga más. Se requiere que brille la necesidad, la pasión, el deseo, la sorpresa, la química. Que al unirse los cuerpos y almas se rompa el átomo, se quebrante el aire, se detenga el tiempo.
Suena a utopía, a un sueño de enamorado, a una historieta de fantasía. Y lo es. Pero si no pasa, si se es incrédulo en estas metáforas, si no vemos caballeros-princesas-dragones, las brujas del enfado, esas de gorro, escoba, nariz aguileña y verruga, saldrán de sus trincheras hambrientas de esparcir hechizos al primer dudoso que bañe la luz de luna. Y al segundo y al tercero y al cuarto y al quinto.
Con estos requisitos para el enamoramiento, para la fusión idónea, parecería que el amor es un invento creado por el hombre sólo para los tocados por el dedo de Midas y hasta por el de Dios.
Para los fieles no debe ser tan difícil de creerlo, porque como explica Octavio Paz en El Laberinto de la Soledad: El amor es una experiencia casi inaccesible. Todo se opone a que se dé: moral, clases, leyes, razas y hasta los mismos enamorados. Qué ironía, a quién se le ocurre crear una moral que limite el deseo más grande del ser humano.
Esto, platica, es en parte por el machismo, que ata a la mujer a comportamientos contranaturales pero moralmente correctos: sólo si ellas se dejan llevar por su corazón pueden encontrar el amor verdadero, aunque esto les cueste una sarta de flechazos envenenados en el pecho y espalda con el desprecio social por atreverse a intentar enamorarse sin prejuicios y lo que es peor, ignorando los juicios sin perder el juicio.
Estos sistemas de convivencia fueron hechos por el hombre masculino, con todo y esto al varón también le toca perder en el amor, nos dice Paz. El hombre, en su mayoría, elige a su esposa por conveniencia y se ciega a la pareja de menor nivel económico, social, educativo. No convienen.
A todo esto y más es a lo que se tiene que enfrentar aquella mujer u hombre que se enamore. Que se anime a participar en esa carrera de doscientos metros con vallas llamada amar. Los problemas son inacabables: parecen ojo de agua en selva virgen; minas del rey Salomón; poso petrolero árabe. Se observan inagotables. Sordos a la palabra finito.
Lo más fácil sería renunciar al amor, olvidarse de éste, dejarlo para los que no tienen nada que hacer, para los flojos, los hippies, los vagos. Imposible.
Decir no al amor es traicionarse a uno mismo. Denunciarse por robo. Un suicidio a los 8 años. Condenarse a tener el sabor que deja un limón viejo en el paladar, con esa misma amargura y acidez. Es negarse a sentir que el pecho estalla. Que una mirada es más sangrienta que la espada de Kill-Bill y más suave que un algodón de azúcar en poco menos de cinco segundos. Que un abrazo puede calentar más que un bosque en llamas. Que te puedes distanciar sin irte y permanecer juntos a distancia.
Es negarse a mantener por días la sonrisa más estúpida en el rostro. Es el rechazo a creer que el mundo entero es una persona. A sentir celos hasta del brillo de sus ojos. A poder entregarte en la totalidad. A negarse a ser más feliz con el orgasmo ajeno que con el propio. A cerrar los ojos y dejarte caer en el acantilado sin miedo, con la seguridad de que ahí estará para salvarte.
También hay temor a que la pareja no te salve y, tras el impacto, quebrarte en un millón de pedazos.
Pero el amor no nos da alternativa. No nos da a elegir. No llenamos formularios de pareja ideal ni pedimos por catálogo ni regulamos la intensidad con la que lo queremos vivir ni sufrir. Porque el amor, como madre que alimenta a su par de crías, tiene dos sabores: el amargo y el dulce, el seno izquierdo y el derecho. Y lo sabemos y lo queremos y lo deseamos y lo anhelamos y lo imploramos cuando no lo tenemos. No importa si nos deleite o nos escalde.
Por eso el amor fecunda toda nuestra existencia, por eso no nos cansamos de hablar de él, por eso es nuestro eje de vida. Porque nos hace tocar las estrellas, el infierno. Que el tiempo avance lento o fugaz.
Es el que necesita pasión, loca pasión, compasión, loca compasión.
No queremos dejar esos pechos; esos pezones que nos tocan el labio con la suavidad de un pétalo de rosa, con la espina del tallo bañado en rocío.
viernes, 8 de mayo de 2009
Noam Chomsky -Wear Sunscreen-
Hay aferrados a ver la sombra en la luz. Otros obstinados en envejecer. Ciegos a la fortuna de vivir. Unos quieren ser longevos y se encierran. Yo prefiero pescar estrellas sin importar que una de estas me lastime, me tambalee, me derrumbe. Preferible es morir en caza que en casa.
Les ofrezco un video de Noam Chomsky -Wear Sunscreen- No necesita explicación. No importa lo que generó en mí. Lo importante es lo que genere en ti.
Avram Noam Chomsky (7 de diciembre de 1928 en Filadelfia, Estados Unidos) es un lingüista, filósofo, activista, autor y analista político estadounidense. Es profesor emérito de Lingüística en el MIT y una de las figuras más destacadas de la lingüística del siglo XX, es sumamente reconocido en la comunidad científica y académica por sus importantes trabajos en teoría lingüística y ciencia cognoscitiva. A lo largo de su vida, ha ganado popularidad también por su acercamiento al estudio de la política, siendo que es hoy reconocido como un activista e intelectual político que se caracteriza por una visión fuertemente crítica de las sociedades capitalistas y comunistas, habiéndose definido políticamente a sí mismo como un anarquista basado en la tradición anarcosocialista.
Fuente: es.wikipedia.org
Les ofrezco un video de Noam Chomsky -Wear Sunscreen- No necesita explicación. No importa lo que generó en mí. Lo importante es lo que genere en ti.
Avram Noam Chomsky (7 de diciembre de 1928 en Filadelfia, Estados Unidos) es un lingüista, filósofo, activista, autor y analista político estadounidense. Es profesor emérito de Lingüística en el MIT y una de las figuras más destacadas de la lingüística del siglo XX, es sumamente reconocido en la comunidad científica y académica por sus importantes trabajos en teoría lingüística y ciencia cognoscitiva. A lo largo de su vida, ha ganado popularidad también por su acercamiento al estudio de la política, siendo que es hoy reconocido como un activista e intelectual político que se caracteriza por una visión fuertemente crítica de las sociedades capitalistas y comunistas, habiéndose definido políticamente a sí mismo como un anarquista basado en la tradición anarcosocialista.
Fuente: es.wikipedia.org
miércoles, 6 de mayo de 2009
¡Ah que buena verga!
Sabrá Dios por qué vergas a los culichis se nos llena la boca cada vez que hablamos del miembro viril masculino. Todo el día lo mencionamos; incluso, irónicamente, a pesar de que se refiere al órgano más macho del varón, lo colocamos en el género femenino. Es La. Es La Verga. La Señora Verga: multisemántica, con abundantes connotaciones, recta y curiosa, coqueta y penetrante, babosa y testaruda, caprichosa, juguetona, dura, frágil y blandengue, amorosa y tenebrosa, aferrada, venosa, venenosa, hinchada cuando se exalta: Embarazadora cuando se embriaga.
Y es tanto lo que La Verga inspira y aromatiza nuestras vidas que no sale de nuestro vocabulario. Se encuentra en el primer renglón de la primera página de nuestro glosario.
Y miren si no…
Era junio de 2007. Hacía un calor de la verga. Lacho se encontró a Topi a afuera del abarrote de doña Chayo e iniciaron la plática. Sentados en cuclillas y recargados en la pared de la tienda. Un muro pintada de blanco con enjarre cuarteado. Lacho tomaba una cocacola de vidrio para pasarse un bollito; Topi un escuer con un pan llamado arepa (Es una masa horneada con forma de aleta de buzo).
Ambos vestían pantalón de mezclilla, huaraches de plático, camisetas de resaque Zaga y una gorra sin marca: la de Lacho adornada con la imagen de la Guadalupana; la de Topi con Malverde.
Lacho: ¿Qué haces vergas?
Topi: Nada. Aquí valiendo verga.
Lacho: ¿Y eso?¿Te mandaron a la verga en tu chamba o qué?
Topi: Nooo. Es que me dijeron que me pusiera verga, que trabajara más o que me iba a cargar la verga. Me querían mandar hasta la quinta verga a chambear y antes de eso yo los mandé a la verga primero.
Lacho: Está bien, que sepan quién es más vergas.
Topi: Mi jefe se cree la quinta verga pero conmigo se la peló.
Lacho: ¿Y eso? ¿Te quiso verguear?
Topi: Siii… Se cree muy verga el vergas…
Lacho: Si quieres le metemos unos vergazos.
Topi: Mejor aún, tengo un amigo puñal y le voy a decir que le meta la verga. Te aseguro que con eso le bajará de verga el muy vergas.
Lacho: Eso se oye bien. Ya veo que tú también te la tiras de muy verga, vergas.
Topi: A güevo… yo soy la mera verga...
Y así este par de vergas pasaron la tarde completa hablando del miembro viril masculino a placer. No se lo sacaron de la boca por horas. Al caer el sol se despidieron con un amigable “ponte verga”. La tarde siguiente se encontraron de nuevo y hablaron de la misma verga, nomás que ahora le mezclaron un poco de güevos. Y es que hablar de güevos es agüevo, no es que se necesiten muchos güevos para esto. Imagínense sólo hablar de vergas… ¿qué aburrido no?
Y es tanto lo que La Verga inspira y aromatiza nuestras vidas que no sale de nuestro vocabulario. Se encuentra en el primer renglón de la primera página de nuestro glosario.
Y miren si no…
Era junio de 2007. Hacía un calor de la verga. Lacho se encontró a Topi a afuera del abarrote de doña Chayo e iniciaron la plática. Sentados en cuclillas y recargados en la pared de la tienda. Un muro pintada de blanco con enjarre cuarteado. Lacho tomaba una cocacola de vidrio para pasarse un bollito; Topi un escuer con un pan llamado arepa (Es una masa horneada con forma de aleta de buzo).
Ambos vestían pantalón de mezclilla, huaraches de plático, camisetas de resaque Zaga y una gorra sin marca: la de Lacho adornada con la imagen de la Guadalupana; la de Topi con Malverde.
Lacho: ¿Qué haces vergas?
Topi: Nada. Aquí valiendo verga.
Lacho: ¿Y eso?¿Te mandaron a la verga en tu chamba o qué?
Topi: Nooo. Es que me dijeron que me pusiera verga, que trabajara más o que me iba a cargar la verga. Me querían mandar hasta la quinta verga a chambear y antes de eso yo los mandé a la verga primero.
Lacho: Está bien, que sepan quién es más vergas.
Topi: Mi jefe se cree la quinta verga pero conmigo se la peló.
Lacho: ¿Y eso? ¿Te quiso verguear?
Topi: Siii… Se cree muy verga el vergas…
Lacho: Si quieres le metemos unos vergazos.
Topi: Mejor aún, tengo un amigo puñal y le voy a decir que le meta la verga. Te aseguro que con eso le bajará de verga el muy vergas.
Lacho: Eso se oye bien. Ya veo que tú también te la tiras de muy verga, vergas.
Topi: A güevo… yo soy la mera verga...
Y así este par de vergas pasaron la tarde completa hablando del miembro viril masculino a placer. No se lo sacaron de la boca por horas. Al caer el sol se despidieron con un amigable “ponte verga”. La tarde siguiente se encontraron de nuevo y hablaron de la misma verga, nomás que ahora le mezclaron un poco de güevos. Y es que hablar de güevos es agüevo, no es que se necesiten muchos güevos para esto. Imagínense sólo hablar de vergas… ¿qué aburrido no?
lunes, 23 de marzo de 2009
¡Sin tanta canela que en la plazuela ya hay mucha!
A más de mil metros sobre el nivel del mar caía ceniza. Era una lluvia de papelitos negros que se detenían a placer. Imprudentes se colocaban en la calle o en las cabezas de los caminantes. ¿Qué pudo haberlo generado: un bosque incinerándose; un campo de concentración nazi que producía jabón; una casa en llamas; una panadería de hornillas?
Y se me pegaron un par en la cara y en el pelo. Uno más cayó en un ojo. Oiga, ¿y estas cenizas de dónde salen?, de allá arriba, de la otra cuadra. Caminé aprisa entre la neblina pero el olfato se me adelantaba como se le adelantaba a Ana Guevara en las carreras de los 400 metros planos. Entonces cambié de versión. Mi sentido no me mentía, ¡gracias a Dios no me mentía!: era una tostadora de café veracruzano. Pedí un capuchino. ¿Con leche lai?¡Qué pasó, me ofende!¡Claro que no! Un señor que ya araña el promedio máximo de edad del mexicano lo preparó. Lento y con amor. Vertió vainilla y canela. La canela la esparció despacio, con cuidado porque sabía que si se excedía me haría estornudar. ¡Ahhh qué sorbo tan sabroso!
Hacía ese frío típico de montaña. Con el sol dormido que permite caminar por horas; que deja fría la sangre; que no calienta los cofres de los vehículos.
En la plazuela se hacía lo único posible: plazuelear. Como en los días nublados; como cuando tuestan café; como cuando sale el sol; como cuando hay que dejar la casa para no estar dentro. Me fue difícil decir no a los plátanos enmelados; a los cafés frescos; a los elotes con limón chupado crema barata y queso; a las nieves de ciruela. No me importó que algunos vendedores no fueran eso, sino simples pobladores... de esos a los que se les ruega para que vendan un quequi.
No sé de dónde venían estos jarochos gritones pero me sedujeron. Canijos. Tal vez de Jalapa, estaba a sólo ocho kilómetros. Tal vez eran de ahí de Coatepec. Aunque era lo que menos importaba. Una media luna de ojos y oídos tiraba monedas enseñando los dientes y haciendo brillar sus mejillas.
Extasiados no paraban de tocar. Tanto que me fui de la plaza y seguían moviendo las muñecas como si intentaran quitarse un chicle de entre los dedos.
“Una caña platicaba: de qué sirve lo endulzada si nunca seré feliz, mañana seré quemada y arrancada de raíz; voy a poner en vitrina todo lo bueno que tengo, a ver si encuentro una china que mire si le convengo, que me haga mi gelatina pa’ que me quite lo ñengo”.
Dos mujeres dos hombres gritaban con el corazón. Entonces supe que eso era posible por sólo unas monedas. Tres charangos y una quijada de ato. Los dientes de ese animal nunca habían sonado tan bien, ni en su época de juventud; ni con sus dientes de leche.
Como guardián un turista que viajaba sin moverse. Ni se inmutaba. Sentado en una banca. No sé si se dio cuenta que había un grupo a su lado. Creo que sí porque parecía que el son lo arrullaba.
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Y se me pegaron un par en la cara y en el pelo. Uno más cayó en un ojo. Oiga, ¿y estas cenizas de dónde salen?, de allá arriba, de la otra cuadra. Caminé aprisa entre la neblina pero el olfato se me adelantaba como se le adelantaba a Ana Guevara en las carreras de los 400 metros planos. Entonces cambié de versión. Mi sentido no me mentía, ¡gracias a Dios no me mentía!: era una tostadora de café veracruzano. Pedí un capuchino. ¿Con leche lai?¡Qué pasó, me ofende!¡Claro que no! Un señor que ya araña el promedio máximo de edad del mexicano lo preparó. Lento y con amor. Vertió vainilla y canela. La canela la esparció despacio, con cuidado porque sabía que si se excedía me haría estornudar. ¡Ahhh qué sorbo tan sabroso!
Hacía ese frío típico de montaña. Con el sol dormido que permite caminar por horas; que deja fría la sangre; que no calienta los cofres de los vehículos.
En la plazuela se hacía lo único posible: plazuelear. Como en los días nublados; como cuando tuestan café; como cuando sale el sol; como cuando hay que dejar la casa para no estar dentro. Me fue difícil decir no a los plátanos enmelados; a los cafés frescos; a los elotes con limón chupado crema barata y queso; a las nieves de ciruela. No me importó que algunos vendedores no fueran eso, sino simples pobladores... de esos a los que se les ruega para que vendan un quequi.
No sé de dónde venían estos jarochos gritones pero me sedujeron. Canijos. Tal vez de Jalapa, estaba a sólo ocho kilómetros. Tal vez eran de ahí de Coatepec. Aunque era lo que menos importaba. Una media luna de ojos y oídos tiraba monedas enseñando los dientes y haciendo brillar sus mejillas.
Extasiados no paraban de tocar. Tanto que me fui de la plaza y seguían moviendo las muñecas como si intentaran quitarse un chicle de entre los dedos.
“Una caña platicaba: de qué sirve lo endulzada si nunca seré feliz, mañana seré quemada y arrancada de raíz; voy a poner en vitrina todo lo bueno que tengo, a ver si encuentro una china que mire si le convengo, que me haga mi gelatina pa’ que me quite lo ñengo”.
Dos mujeres dos hombres gritaban con el corazón. Entonces supe que eso era posible por sólo unas monedas. Tres charangos y una quijada de ato. Los dientes de ese animal nunca habían sonado tan bien, ni en su época de juventud; ni con sus dientes de leche.
Como guardián un turista que viajaba sin moverse. Ni se inmutaba. Sentado en una banca. No sé si se dio cuenta que había un grupo a su lado. Creo que sí porque parecía que el son lo arrullaba.
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