miércoles, 15 de julio de 2009

'Que en su conciencia quede'

Cada historia que escribo la cargo conmigo. Va en mi mochila. Sobre mi espalda.

Tomó su pistola, jaló el gatillo y disparó. Por festejo, por coraje: qué importa ya.
La bala apenas iniciaba su vuelo, cuando Tamara Guadalupe Cázares Félix salió de su casa: se asomó vestida de blanco desde la puerta de su hogar, lo hizo para ver si había comenzado el festival de fin de cursos en su escuela, en la colonia 21 de Marzo.
La ojiva voló a la velocidad necesaria para alcanzarla. Algunos le llaman "bala perdida" pero, de perdida no tiene nada. Los médicos del Hospital Pediátrico la encontraron depositada en el cerebro de la niña. En la región parietal, del lado derecho.
Desde el sábado, esa bala encontrada le causó muerte cerebral: mantienen el cuerpo vivo, respirando de forma artificial. El cerebro ya no da órdenes al cuerpo, no envía mensajes eléctricos.
El cerebro ya no le dice a los pies que bailen, a los ojos que miren, a las manos que abracen.
Su corazón late, pero Tamara, afirma Gilberto Verdugo Valenzuela, Director Médico Vespertino del Hospital Pediátrico de Sinaloa, no volverá a tener actividad pensante ni motriz. La única opción que pueda "revivir" el cerebro, es que los estudios sean erróneos y, en realidad, no exista muerte cerebral.
Ahora, según la información médica, sólo resta esperar que llegue el final.
"El estado de salud de ella es crítico, muy grave. Ella está con vida aún pero está bajo respiración artificial. Tiene un daño cerebral intenso que le ha ocasionado muerte cerebral", declara, "esto no puede durar mucho tiempo".
Si la niña de 7 años, recién egresada de primer grado de primaria, se hubiera tardado un segundo, la historia fuera otra. Tal vez amarrarse los cordones, ir al refrigerador por un yogurt, darse una última peinada en el espejo antes de salir a bailar en el festejo de fin de ciclo escolar. Si hubiera.
Si el individuo no hubiera disparado, otra historia se habría escrito: la mamá, Marisol Cázarez Félix, no permanecería en vela una semana con los nervios destrozados, con el corazón estrujado, con la felicidad extraviada. Tamara se hubiera podido ir de vacaciones con su tío y figura paterna, Rafael Cázarez Félix, como lo hacían en cada descanso escolar. Si hubiera.
"Tamara es muy seria, platica muy poco, igual que su mamá. Ella y yo nunca hicimos conversación, tampoco con mis hermanos", relata el tío, "en vacaciones me la llevo al mar, al río, al rancho. Cuando íbamos en el carro yo le decía en broma: 'Ah Tamara, no dejas ni platicar', y ella se agachaba y reía".
Pero esta persona que decidió jalar el gatillo mató a los "hubieras".
Esta persona decidió el futuro de la niña, de la madre, de la abuela, y de los 15 tíos, entre hermanos y medios hermanos.
Decidió así: por sus pistolas.
Esta persona es habitante del Culiacán violento, de ese que está armado hasta los dientes, de ese que parece esperar una guerra civil; otra revolución.
Esta persona es un habitante como cientos de ciudadanos en el municipio que están listos para jalar el gatillo en momentos de violencia o de festejo. Sedientos por tirar al aire sin importar en quién entre la bala. Hambrientos por oler esa pólvora. Por escuchar ese tronar que genera un agudo en el tímpano y un golpe en el pecho.
Esta persona es un habitante de Culiacán que ahora le resta oportunidades de vida a una niña que quería bailar, que tiene una hermana llamada María José de 3 años, que tiene una madre que la espera y que no pierde la fe.
"Tengo fe en un milagro. Lo que yo no voy a perder es la fe. Es lo que más deseo en el mundo", menciona la madre Marisol Cázarez Félix. Lo hace lento, pausado, desde uno de los pasillos del Hospital Pediátrico.
Luce fatigada, cansada, deshecha. No podría estar de otra manera. Se le ven los ojos hinchados. No permite que se grabe su voz, tampoco que le tomen fotografías ni video.
Ella no ha salido del Hospital Pediátrico. No deja a Tamara ni de día ni de noche. No duerme. No descansa. No, no, no. No deja que su hija se vaya.
Una de sus vecinas dijo que desde el martes de la tragedia, el martes 7 de julio, la señora no vuelve a su vivienda.
Sobre el individuo que disparó dice poco. En lo único que está enfocada es en que ocurra el milagro.
"Yo no sé quién fue, pero él sí sabe que fue él. Que en su conciencia quede: no me va a venir a decir que él fue", expresa con voz baja, tibia, resignada.
Al parecer, tampoco la autoridad le dirá quién fue ni evitará que vuelva a suceder.
El subprocurador de Justicia, Rolando Bon López, ya dijo que es un caso "difícil" de resolver; el Alcalde, Jesús Vizcarra comentó que no es responsabilidad de la policía municipal desarmar a la población; y el Gobernador Jesús Aguilar se defendió al decir que se está trabajando contra el armamentismo.
Y el Gobierno le deja todo el trabajo de desarme de la población a una jornada de donación voluntaria de armas de fuego.
Marisol sabe que lo que pasó con su hija, con ella misma, con su familia, le puede pasar a cualquiera. Sólo es cuestión de azar, de estar en el lugar equivocado, a la hora equivocada.
"Me tocó a mí y así le pudo tocar a cualquiera. Mi hija tan sana, tan buena y con la ilusión de bailar en la escuela, y nada más por disparar", lamenta.
Y esa persona, esa que es tirador, que festejó o se enojó, que causó la muerte cerebral de Tamara, que mantiene ahogada en lágrimas a la familia completa, sigue libre, armada, con posibilidad de disparar de nuevo, sin que alguien la delate, sin que la autoridad la toque, sin que la justicia la alcance.

jueves, 9 de julio de 2009

Cambió las armas por sonrisas



Este policía dejó las balas y las pistolas por el papel y el engrudo. Decidió atrapar sonrisas, amordazar corajes y disparar emociones.
"No creían que lo iba a hacer porque era policía", menciona.
Este policía cambió las detenciones forzadas por las sonrisas espontáneas: esas que salen sin querer queriendo. Decidió liberar conciencias, encerrar miedos y ayudar a que los niños se autoprotejan. Que se cuiden de las malas influencias, de las vagos hostigadores de niñas y niños, de las drogas disfrazadas de dulces.
Cuando Jorge Zavala Cárdenas entró a la Policía Municipal de Culiacán, lo más parecido a un muñeco que imaginaba en su mano era un asaltante cogido del cabello. Un cholo o un delincuente.
Él se veía de patrulla en patrulla, de balacera en balacera, de operativo en operativo. No contaba con que la banda de los guiñoles, esos muñecos que, como dice él, traen magia en su interior, lo atraparían para sentenciarlo a cadena perpetua. Siempre en la misma celda, junto a ellos, en el mismo baúl. Apachurrados todos.
Jorge, con 38 años, no sabía que su vocación era el teatro guiñol. Creo que aún no lo sabe. En el momento en que me dijo que no quiere dejarlo nunca, no dudé en ver en él la necesidad.

Muñecos con poder
Es cuestión de ver el efecto que causa en los niños. En el desarrollo la obra, un "puchador" se le acerca a un niño para regalarle droga, entonces los infantes del público, brincan, reclaman y gritan: "¡cuidadooo, es malo, cooorre!". Se paran de sus asientos y hasta le quieren pegar al puchador. "¡No te dejes, pégaleee!", dicen exaltados.
Y fue en el lugar más rudo, en el más agresivo, en el que a veces se mata, en la Policía Municipal, donde se volvió más sensible. Fue ahí donde desarrollo su lado más humano y, tal vez, donde más beneficio ha dado a la sociedad, a las nuevas generaciones.

Esta es su historia.
Meses después de haber llegado a la corporación, Jorge fue asignado al departamento de Prevención del Delito. Su trabajo era, y lo sigue haciendo, acompañar a las empleadas de Trabajo Social a colonias para garantizarles seguridad y orden cuando solucionan problemas vecinales y faltas al Bando de Policía y Buen Gobierno.
Empezó a interesarse en los guiñoles cuando la Comisión Estatal de Derechos Humanos invitó a la corporación a formar equipos de teatro guiñol para educar a alumnos de educación básica sobre temas de derechos infantiles y autocuidado, hace 4 años.
Al principio, el curso era sólo para las muchachas de Trabajo Social, pero a él le llamaron la atención los monos de engrudo y papel periódico desde que metió su mano en uno de éstos.
Entonces todo cambió. Sintió el poder del convencimiento en sus manos. Y en verdad es el poder de la persuasión porque, según me dijo al terminar la obra, "si hubiera querido que los niños te pegaran, nomás les hubiera dicho con el muñeco que eres malo, y todos se te hubieran aventado. Esto tiene un poder increíble".
Los guiñoles era conocimiento nuevo para él. Recuerda haber presenciado sólo una vez en su vida una obra de éstas y fue la de Caperucita Roja, en la primaria.
"Los compañeros se burlan a veces de uno, que porque no tenemos experiencia, pero en buena onda", declara.
El "guiñolero aficionado", como se autodefine, solicitó entonces que le dieran la oportunidad de trabajar en esto y, ahora, es el líder del teatro guiñol infantil de la policía: escribe obras, hace tres personajes distintos, conduce la patrulla, carga y arma el teatro guiñol portátil, monta el escenario dos veces al día.
Se hace así, dos veces al día, porque ese es el número de escuelas que visitan diario, de lunes a viernes, durante todo el ciclo escolar. Para este periodo se le exigió la visita de 200 planteles. El programa forma parte del la iniciativa Escuela Segura.
La última función la realizaron el jueves anterior en el jardín de niños Jean Piaget, en la colonia Villa Universidad.
Ese día, Jorge no fue el policía rudo que somete al delincuente. Ese día Jorge brincó dentro del escenario, cambió su voz en dos ocasiones, gritó desde el público mientras sus compañeras escenificaban a otros personajes y, al final, emitió un mensaje con los niños y les aclaró sus dudas sobre sus derechos infantiles, el autocuidado. Les pidió no tenerle miedo a los policías, sino confianza.
Y le da risa a él y a sus compañeras Gisela Martínez, Gladys Núñez y Patricia Cervantes, cuando comentan que hay muchos jefes de la municipal que ni siquiera saben que ellos existen, no les interesa; y le da risa cuando recuerda que Fernando Mejía, un reconocido guiñolero de la UAS, les hizo una crítica positiva.
Y le da risa cuando dice que un grupo de Italia llamado Brujería de Papel, escribió en su sitio web a favor de ellos, mientras que en su ciudad, Culiacán, nadie les hace caso; y le da risa ver que su trabajo da risa; que un policía da risa. Y no le ve lo malo.

sábado, 4 de julio de 2009

Los fortachones de la municipal



Difícilmente sus cuerpos provocarían la envidia del mítico Charles Atlas; del siete veces Mr. Olympia, Arnold Schwarzenegger; ni del regional Mr. Kayn. Pero tal vez su alimentación sí.
Los agentes más fuertes de la Policía Municipal de Culiacán desayunan, comen y cenan tacos de carne asada, buche, tripa, panza, ojo, tamales de camarón, huevo con verdura y demás comidas callejeras y caseras que se les atraviesan por la mirada.
No necesitan dieta especial ni suplementos alimenticios para desarrollar y sostener su fortaleza. Son los seis agentes de Eldorado, sindicatura de Culiacán, que ganaron los lugares 1 y 2 en la competencia El policía más fuerte, una de las justas organizadas por la Secretaría de Seguridad Pública local para festejar el Día del agente municipal, establecido para el 15 de junio.
El tercer sitio lo obtuvo su histórico rival deportivo: la sindicatura de Costa Rica.
"Ellos pelearon el último lugar y lo ganaron", mencionó uno de los policías, mientras los otros asentaban con la cabeza y reían.
El más fuerte de todos es Gregorio Torres. Sus compañeros lo reconocen. Fue el capitán de su equipo. No tiene alto grado policial pero se le cuadran. Es gordo, alto, moreno y de puños anchos.
"El año antepasado ganamos el jalón de la cuerda, fueron como dos años consecutivos. Me hubiera gustado que me hubieran entrevistado. Entonces estaba en Quilá", recordó.
Goyo sí entrenó para la competencia aunque él no lo supiera. Ni siquiera lo imaginaba. Fue algo involuntario. Hasta lo maldijo. Se quejó y ansió con todas sus fuerzas, que son muchas, no volver a hacer ese entrenamiento al que estuvo obligado año y medio.
El ejercicio consistía en empujar una camioneta, su camioneta, una Nissan de modelo antiguo, lo más rápido que le permitieran sus piernas. Era la única manera de echarla a andar.
Y es que si no la empujaba por la parte de atrás, corría al asiento del piloto, aplastaba el clutch, metía el cambio en primera o segunda, sacaba el clutch y presionaba el acelerador al mismo tiempo, el motor no arrancaba.
Se vio obligado a hacerlo durante 18 meses hace ya algunos años. Ahora ha perdido un poco de condición porque maneja un vehículo de modelo más reciente.
"Ya traigo un carro más bueno, pero no crea que muy bueno muy bueno", dijo.
Su entrenamiento fue ideal para la competencia. La justa consistió en jalar una camioneta Silverado con una cuerda en equipos de tres personas lo más rápido posible. Marcaron 18 segundos. La distancia fue de 75 metros. Medida de la cancha de futbol del centro deportivo de la secretaría. Más tarde hicieron lo mismo con un Tsuru y una cuatrimoto. Marcaron 17 y 21 segundos, respectivamente.
El Comandante de Eldorado, Miguel Herrera, capitán del equipo ganador del segundo lugar, mencionó que, a pesar de la abundancia de grupos integrados en Culiacán, cinco de nueve, éstos obtuvieron malos resultados por sus deficiencias para trabajar en equipo. No por carencia de policías fortachones.
Los equipos integrados por tres elementos ganaron en conjunto 5 mil pesos: 2 mil 500 para el primero, mil 500 para el segundo y mil para el tercero.
Los agentes declararon que el dinero se lo gastarán el Día del Policía Municipal en una carne asada y cerveza helada.

viernes, 3 de julio de 2009

'Mamá, no dejes que me muera'



La madre y el tío de Brennie no escucharon el disparo.

Una tía les avisó y así, descalza como andaba, su mamá salió corriendo a buscarla.

La encontró tirada en un callejón de terracería, a una cuadra de su casa. Contaba con sólo 12 años y ya tenía un balazo en la espalda que le dio un presunto ladrón para quitarle 100 pesos.

Fue el domingo pasado. Brennie, con trabajo pudo hablar. Con las pocas fuerzas que tenía reconoció a su madre y le dijo: "Mamá, no dejes que me muera".

Su tío, quien prefirió se omitiera su identidad, dijo al final de la entrevista: "Esa bala nos atravesó a varios". Ese tío la quiso tanto como la madre. Así lo dijo la propia señora.

Ese tío fue quien la tomó en sus brazos, la levantó del suelo. De ese suelo caliente que se siente a las tres de la tarde en Culiacán. De ese suelo que quema y ampolla las plantas de los pies. De ese suelo donde se encontraba tirada Brennie, la niña que ganó el primer lugar de zona en la Olimpiada del Conocimiento. La niña que no fue mencionada por el Gobierno en la entrega de certificaciones de inglés el miércoles pasado, a pesar de que sería una de las galardonadas. Y es que para el Gobierno ya estaba como estaba: muerta.

Ese tío fue quien le decía palabras desesperadas para que reaccionara mientras la trasladaba en el carro. Para que no se le fuera y aguantara viva mientras llegaba a urgencias del ISSSTE.

Ese tío fue quien en 3 minutos tenía la medicina que pedía el doctor.

Ese tío fue quien consiguió donadores de sangre al por mayor. Quien juntó un banco de sangre en 24 horas. Quien explotó de coraje cuando le dijeron que la SEPyC amenazó a maestros para que no marcharan ayer a favor de su sobrina. Quien no se espera. Quien se revela.

Ese tío fue quien no durmió. Quien desesperado vio cómo se le iba la vida a su vida. Quien presenció cómo operaron dos veces a su sobrina y la tercera no soportó. Quien entendió que se hizo todo lo que se podía hacer y un poco más: se trajeron médicos de otros municipios, trabajaron rápido, se dispuso de cuanto medio se podía en el hospital.
Pero la niña había perdido mucha sangre. No se logró mantenerla viva.

Brennie aguantó, luchó y esperó esas 24 horas. La familia soportó cada uno de esos minutos que parecían horas; de esas horas que parecían días; de ese día que parecía un año.

Y les da coraje cuando en los periódicos escribimos mal su nombre. El nombre de la niña con nacionalidad estadounidense y mexicana: "¡No es Brendye es Brennie. Brennie Felician Medina!" Y es lo último que les queda: su nombre, su recuerdo, sus fotografías, sus diplomas, su amor.

Y parece increíble. En lo que fue a parar la compra de un refresco en la tienda en esta ciudad. En un asesinato. Su madre la mandó a comprar comida a la esquina y, mientras la servían, se dirigió a la tienda a comprar la soda.
Y atravesó ese callejón de la colonia 5 de Mayo. Ese callejón de tierra. Ese callejón que en su esquina tiene una casa tomada por viciosos, que en su interior hay focos quemados, colchones, encendedores, botellas de licor, pantalones sucios, excremento regado y embarrado en el piso y paredes.

Ese callejón donde la muerte la atrapó.

"Deben de tumbar ese lugar, es un nido de malvivientes", menciona Guadalupe, la dueña de la tiendita a la que Brennie nunca llegó. Doña Lupita, como muchos vecinos, dice que no escuchó el balazo. Que la televisión no los dejó oír el disparo a pesar que sucedió a menos de 100 metros.

En la familia Medina hay una niña que conocía muy bien a Brennie. Su prima Alejandra la conocía tan bien, que sabía que Brennie quería tener muchos hijos. No quería ser hija única como lo fue ella.

Deseaba una fiesta de 15 años perfecta. El 27 de mayo de 2012 sería su próxima fiesta. Así se había decidido en la familia. Antes ninguna.

"Era muy buena, inteligente, respetuosa, alta, bonita, simpática, amorosa", describe la prima de 11 años, Alejandra, apenas un año menor.

Su prima también sabía que le gustaba jugar a "la choya", a "los atrapados" y a los "bombazos".

"Yo veo esto muy mal. Para mí es un abuso. Ya ni me dejan salir a la calle", menciona.

La madre de Brennie, quien nombró a su hija igual que ella, recuerda con ternura lo comentarios de los sobrinos.

"Un sobrinito vino y me dijo 'tía, no se preocupe, ya escribí una carta a Santa Clos para que le traiga a Brennie otra vez'. Otros sobrinos se la llevan planeando las formas en la que la van a hacer volver".

Y aunque eso desea con todo el corazón, Brennie, la madre, sabe que no sucederá. Lo único que le queda es que atrapen al ladrón y asesino. Y para eso están dispuestos a hablar con la prensa, con el Procurador, a hacer marchas, cualquier cosa.

"No le deseo mal. A mi hija ya no me la pueden devolver. Quiero que lo agarren para que ya no haga más daño", afirma.

domingo, 28 de junio de 2009

El arte

Yo sé lo que quiero del arte:
Que me quite la venda de los ojos,
que me asesine,
que me resucite,
que me haga daño de una manera fecunda.

Steven Millhauser.

viernes, 26 de junio de 2009

'Me sentí mamá'



'Me sentí mamá'
Todos los ciudadanos tenemos derecho a expresar nuestra verdad. Ésta es la de Guadalupe Arias Rentería, la mujer de 21 años que se robó a una bebé, Catherine, del Hospital de IMSS de Costa Rica.

Cuando salí del hospital con la bebé sabía que no era mía; al llegar a casa me sentía su madre.
En verdad lo creía. La bañaba, le cantaba canciones de cuna, la alimentaba. Soy de esas personas que se creen sus propias mentiras. Siempre he tenido ese problema.
He llegado a pensar que Dios no quiere que tenga un hijo. En noviembre, cuando me embaracé, estaba confundida, no sabía en realidad si deseaba ser madre, no me interesaba. Sólo me importaba el padre del niño que tenía en mi vientre. Mi único amor durante seis años. A quien me entregué por primera vez.
Él ya no podía ser mío. Una de mis amigas, la que me ayudaba a verme con él, la que me hacía el favor, terminó siendo su nuevo amor. Me dolió mucho. Lloré por él.
Al ver que las pruebas de embarazo marcaban positivo, salí corriendo a contarle pero no le interesó. Hay quienes dicen que lo hice para retenerlo y no es así. Tal vez lo único que quería era tener algo de él conmigo. Junto a mí por siempre.
Desde que mi padre se enteró del embarazo dejó de hablarme. Aún no me dirige la palabra. Dice que lo deshonré, que lo decepcioné. ¡Cómo es posible que haya salido embarazada mientras vivía en casa!, me decía.
En febrero, exactamente a los cuatro meses y tres semanas de la concepción, empezó el sangrado. Aviso de aborto. El principio del fin.
Era como si tuviese mi ciclo menstrual. Me llevaron al hospital y me internaron. El doctor dijo que haría un legrado. Se fue mi última oportunidad de ser madre. Me detectaron quistes en un ovario, el otro se dañó con la intervención. Ya no podría embarazarme de nuevo. Si lo intentaba mi vida estaría en peligro.
Guadalupe narra sus días tras una reja del Juzgado Primero Penal. Es su declaración preparatoria. En un cuarto de 6 por 5 metros. Refrigerado. Frente a su defensora de oficio y el Ministerio Público acusador. Con cerca de una decena de reporteros fotografiando su rostro, grabando sus lágrimas, escribiendo sus gestos. Más tarde lo haría de nuevo desde el interior del penal, únicamente ella y este reportero.
Los vecinos continuaban preguntando cómo seguía el bebé. Isaías se llamaría. Les decía que bien. Contaba los meses y días de gestación. Al principio la mentira era consciente, después me creí embarazada. Tanto lo creí, que el estómago me siguió creciendo. Pero en mi interior no habitaba el varón que aborté, únicamente giraba aire. Y me fui desinflando como los globos con el paso del tiempo. Poco a poco. Nunca hubo pataditas.
Semanas después contacté con una muchacha guatemalteca sin papeles migratorios. Ella estaba embarazada. Me dijo que quería regalar a su bebé y pensé en ayudarla. Ya había regalado uno antes. Mientras lo hacía me pregunté: ¿quién puede cuidar mejor a ese niño que yo? Decidí adoptarlo. Hicimos un documento, una especie de carta poder, en el que ella me cedía al niño por dos años y, si al cabo del lapso decidía regresar por él, yo se lo daría. Sé que no tenía validez.
¡Ya dio a luz!, me dijeron por teléfono. Mis labios corrieron hacia el este y oeste. Salí corriendo a comprar pañales, leche, biberón, a la tienda. El gusto no duró mucho, en realidad duró muy poco. Unas horas después me enteré que ella también abortó.
No sé si fue lo mejor que le pudo haber pasado; para mí fue lo peor. Ni siquiera deseché la ropita que había comprado, quería recordar el momento más doloroso de mi vida.
Me sentía mal. No dormía. Me dediqué a vagar por las calles de Culiacán. La ciudad donde ella abortó. Me quedaba en el malecón, en mi vocho azul, a un lado de los raspados de ciruela, los diablitos y los cacahuates enchilados.
Otra vez la oportunidad de ser madre se me había ido. Estaba convencida. Dios no quería que fuera madre. ¿Por qué? No sé. Dos días vagué y no me tomé el medicamento controlado que requiero para calmar mis nervios 48 horas antes del robo de la bebé.
Lo tengo que tomar a diario. De 10 a 15 gotas de Clonazepam por noche. Cuando no lo hago me muerdo las uñas, digo cosas que no son, siento que toda la gente me ataca, tengo insomnio, estrés, depresión, ansiedad. Me duele la cabeza, la lengua se me entumece, me duele el oído.
El miércoles 3 de junio regresé a casa en el Campo Romero, sindicatura de San Pedro, Navolato. Me dolía mucho el estómago y fui al hospital en Costa Rica. Siempre me han dado cólicos fuertes. No los aguanto.
Ahí me topé con la tía de Catherine al salir del baño. Me dijo que la niña estaba llorando. Me dio por visitar el cuarto en que había estado internada cuando aborté, el 208. Catherine estaba en el 201. Entré en un par de ocasiones. Nunca, que yo recuerde, le di pastillas para dormir a la tía o a la mamá. Menos a la bebé. Ellas dormían cuando entré a calmar a la niña. Lloraba. Sólo quería comida.
Cuando la tomé entre mis brazos y la arrullé algo dentro de mí cambió. Sentí el impulso de llevármela. Todo fue tan fácil. La coloqué dentro de una bolsa que traía y salí con ella. Nunca me vestí de enfermera como dicen. Sólo me puse una bata.
La bebé permaneció en silencio y el guardia no se percató que salía con ella. Le inventé que iba al minisuper. Todo fue tan fácil. No quería hacerle daño a los padres, lo único que deseaba era un bebé. Nunca lo planeé. Lo sentí en ese momento y lo hice.
Cuando la tuve en mi casa, desde la madrugada del jueves, la sentí mía. Le tomé muchas fotos. No dormía por cuidarla. El medicamento no lo tomé para que no me diera sueño. El lunes me llamaron del trabajo para que explicara el porqué de mi ausencia. Me peleé con mi jefe. Fue un mal momento. Pero la tristeza desapareció cuando llegué a casa y al tomar en mis brazos a la niña detuvo su llanto. Entonces me encariñé mucho con ella.
A mi mamá nunca le cuadró verme llegar con la niña. Al principio quisieron creerme pero la mentira se cayó. Ella se dio cuenta que la bebé no era la misma que me iban a regalar, como pretendí hacerle ver. Habló conmigo y, junto con mi hermana menor, me hicieron ver que echaría a perder mi vida. Me dijeron que me diera cuenta que había una madre sufriendo porque le arrebaté a su hija.
Fue hasta ese momento que entendí que la niña no era mía. Fue entonces cuando supe el daño que estaba causando. Si eso me hubieran hecho a mí, hubiese sufrido lo mismo o más de lo que padeció la verdadera mamá, Nancy Karina Chávez.
Mi madre me convenció de entregarla. Ya lo habíamos decidido.
La mañana del lunes tocaron a la puerta de mi cuarto. Al abrir me encontré con policías ministeriales. Me puse nerviosa y me dijeron que me cambiara, que no me alterara, que me subirían a la patrulla.
Sé que una de mis vecinas fue quien me delató. No le guardó rencor. Tal vez fue lo mejor.
Yo quería entregarla para que los padres ya no sufrieran pero, no sé, no sé si en el momento hubiese estado dispuesta a desprenderme de ella. También quise ver a los padres para pedirles perdón de frente. No se pudo. Creo que eso también fue bueno. Lo mejor es que me aleje de esa familia lo más que pueda.
La penitenciaría me va a servir. No sé cuántos años estaré pero me servirá. Me ayudará a reflexionar y a entender por qué hice esto, por qué me robé a la niña. Cuando llegué me dijeron que una "cholillas" me iban a golpear, igual me lo merezco, pero no me ha pasado nada. Hasta ahora todo ha ido bien.

Nota: El texto fue redactado por el reportero, con base en una entrevista realizada al interior del penal y en la lectura de la declaración preparatoria llevada cabo en el Juzgado Primero Penal.

sábado, 13 de junio de 2009


Que idea tan cruel. Colocar un oasis en el desierto. La foto fue tomada el sábado 13 en un camión urbano Bachigualato en Culiacán. Ese día se registró una temperatura cercana a los 46 grados centígrados a la intemperie. Un día antes fue de 46.5 endiablados grados. Me dirigía al Instituto Estatal de Ciencias Penales a presenciar un concurso de tiro certero entre policías municipales.